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sábado, 25 de julio de 2026

Balance del Festival de Teatro de Rafaela

En tiempos difíciles, el deseo vuelve a mover la rueda

Mónica Borgogno/Guillermo Meresman

 

Un ritual de ciudad que pervive, como un fantasma, como un monje negro enclavado en la pampa santafecina, en la llana ciudad del Oeste, con extensas e intensas jornadas a puro teatro. Un teatro que, diferente al colonial de la Ranchería, o acaso en el mismo orden azaroso, se incendia en Rafaela cada invierno. Así podríamos intentar definir a este, por muchos reconocido, Festival de Teatro de Rafaela, que bien sabe congregar a buena parte de la escena nacional. Sordo a esto, por tercer año consecutivo, el Instituto Nacional del Teatro, ausente. Una lástima; ellos se lo pierden.

Ta chapita abrió con mucha
musicalidad y algarabía esta edición.

Precisamente, “no hay lugar de la Argentina, del mundo cultural y del mundo teatral, donde no se hable maravillosamente bien del Festival de Teatro de Rafaela”, subrayó Paulo Ricci, secretario de Desarrollos Culturales del Ministerio de Cultura de la Provincia de Santa Fe, al cerrar esta edición. Y algo parecido dijeron cada uno de los artistas, al recibir la ovación de los espectadores y el trato y gestiones de los organizadores y la producción del FTR.

Esta ocasión, la edición número 21, se vivió en cuatro días locos, como solía cantar Alberto Castillo. Fue del 15 al 18 de julio, con la semifinal de la selección argentina de fútbol venciendo a los ingleses (y la fiesta inédita y multitudinaria desfilando en celeste y blanco, minutos antes de la primera función), y luego la derrota ante los españoles en la final del domingo, tras el video de resumen proyectado en el cine teatro Belgrano y los discursos finales del sábado.

Un entusiasmo difícil de explicar por querer estar allí, hacen que este festival vibre, lata con fuerza, inoxidable podría decirse, sin que nada lo empañe. Algo de esto han de haber entendido el Ministerio de Cultura de la Provincia de Santa Fe y la Secretaría de Educación y Cultura del municipio anfitrión: una oportunidad nueva para cada vecino rafaelino y los cientos de artistas y visitantes que anotan en sus agendas las fechas de su realización. “Es una mirada urgente y viva sobre lo que somos y lo que queremos ser cuando estamos juntos”, definen sus organizadores. “Es un enorme orgullo sostener esta política pública cultural que ya forma parte del patrimonio de Rafaela”, resaltó por su parte el intendente Leonardo Viotti en referencia a lo que ya es “ritual de la ciudad”, tal el lema de esta vez.

Más de 30 funciones de un total de 18 obras, fueron parte de la diversa programación, además de talleres, la presentación del libro La respuesta y los micromonólogos de Teatroxlaidentidad –acompañada por músicos rafaelinos y una charla posterior-, que miles de personas disfrutaron, que tantos agradecieron.

Resistencia y despelote

La locura de intensidad comenzó con Ta chapita y concluyó, significativamente, con algo de venganza que trajo Medida por medida (la culpa es tuya), de W. Shakespeare, adaptada y traducida por Gabriel Chamé Buendía e interpretada con desparpajo y solvencia por Matías Bassi, Elvira Gómez, Nicolás Gentile, Agustín Soler y Marilyn Petito. Bajo la conducción de Chamé Buendía, los versátiles actores se lucen en tránsitos por el clown, el drama isabelino, la comedia amarga, con mucho juego con el público, destrezas y magia. Una joya que a pesar de su duración -casi dos horas-, hizo que el público no cese en los aplausos, no se retire de la sala y el elenco siga haciendo chanzas con ello: “Ahora se viene la segunda parte”. Quienes están detrás de esta obra suelen decir que es una “reflexión acerca de un presente infantil y vigente: culpabilizar al otro, una forma de relacionarnos hoy en día”, y quedó más que claro.

Ta chapita, del grupo Urraka, con dirección de Emmanuel Calderón, estrenada apenas el año pasado en Buenos Aires, es una comedia física que deslumbra con un despliegue de instrumentos estrambóticos, que suenan de maravillas. En el espectáculo -que también pudo disfrutarse en la sede Suardi -, los actores- músicos sorprenden con ritmos, colores y un fino trabajo dramatúrgico. “No tenemos un método de trabajo”, se desmarcaron los artistas cuando en la ronda de devoluciones se los inquirió sobre sus búsquedas y procedimientos eclécticos y estéticos.

Distintas escenas de Luciérnagas.

Parecida definición dieron los responsables de Voy con mis amigxs a Saturno de Santiago San Paulo, con grandes actuaciones de Lautaro Ruiz, Matías Unsain y Laura Ortiz y música original de Cruz Zorrilla. Lo sensorial y emocional impregna la elaboración de los artistas cordobeses sobre los casos de víctimas del gatillo fácil, que se repiten en Argentina desde hace añares. Porque “la realidad irrita” tal como dice Ortiz quien desanda el rol de la madre del pibe asesinado en 2020 por la policía en Córdoba. La obra dirigida por San Paulo recompone, sin golpes bajos, un estado de situación, signado por injusticias y violencias, y lo convierte en otra cosa. La obra hace detenerse y recapitular.

Otros espectáculos destacados que tuvieron un paso singular por este FTR fueron Luciérnagas (sueño bastardo), de Horacio Nin Uría, con Mariano Botindari, Andrés Ciavaglia, Lautaro Delgado Tymruk, Vanesa Maja, Alejandro Segovia y Carolina Tejeda, que se ofreció en La Máscara en dos funciones llenas. La investigación, la audacia y el valor de su obra, hacen tener muy en cuenta el nombre de este joven creador. Se trata de una pieza situada en la Buenos Aires colonial, con sensible manipulación de dos títeres-niños –los Espósito, creados por las manos de la maestra Alejandra Farley-, del orfanato del Virreynato, entidad que dispuso de la primera imprenta en el Río de la Plata. Así pues la Revolución de Mayo, la quema del primer teatro porteño, los padrinazgos, la difusión de ideas a través de la prensa, la corrupción y amores y sexos solapados en una intriga desopilante, permiten a Nin Uría y su elenco, crear una atmósfera única de pelucas, rapé, caras enharinadas, música y poesía que nos aproximan al período fundante de la Patria, así como a este presente.

Coyote... desde Córdoba

Memoria y encanto

Otra obra que trajo jerarquía, búsqueda y riesgo, en materia de danza-teatro fue Coyote, háblame de lo que viste, de Cristian Setien y Sofía Vitiello también proveniente de Córdoba. Imágenes bellas más la sugerencia de materiales textiles, la potencia de los cuerpos en danza, todo entra en diálogo con múltiples referencias al séptimo arte. Sus dos funciones en el Viejo Mercado, aportaron profundidad conceptual, a contrapelo de las banalidades y sinsentidos que suelen compartirse en las redes.

La actriz Anahí Gonzalez Gras, de
Rosario del Tala, junto a Claudia Schujman
Con La rota madre que te parió de Gustavo Guirado ocurrió lo mismo con las expectativas que había sembrado: La producción fue ovacionada y sus tres actrices, Natalia Alvarez Dean, Anahí González Gras y Claudia Schujman, igualmente elogiadas por colegas, periodistas y público. Una obra dura y no complaciente, perturbadora. Para intentar justificarla, el autor y director remitió como una influencia y disparador importante, a la película Sonata de Otoño, al Conde de Lautréamont y a otras debilidades de su formación en artes. Los divagues metateatrales y menos esperados fueron esenciales en su propuesta escénica, sin solemnidades vacuas. Con un pregnante sentido del humor –oscuro-, la obra trae lo que pareciera ser la no maternidad, los cuidados o descuidados, las herencias, el tiempo que vuela o se espesa cual dulce de leche repostero, y el perfil de una madre tan especial como sus hijas o cualquier ser humano.

Chayka fue una de las obras que versiona a clásicos, en este caso La gaviota de Antón Chéjov, que se disfrutó en el precioso teatro Lasserre. Junto a La casa de Bernarda Alba de Lorca, en versión de Marcelo Allasino, fueron una buena cuota de la presencia de la tradición teatral del siglo pasado en este festival.

Ruin, la decadencia de la belleza de Agustín Soler presentó un trabajo en clave de clown en el que tres buenas actrices cuentan a su modo, la historia de un circo que expira. Las cotidianidades y trucos que primero ostentan y luego comparten y desnudan, emergen acaso para mostrar lo bello de pensar en los pequeños detalles. 

Escenas de Ruin... (Buenos Aires)
Blablamour, la fantasía de las tramoyistas, de Lucas Ruscitti y Federico Toobe, de Santa Fe, fue el primer espectáculo de transformismo que se ofreció en el recorrido del FTR, y que también habló de teatros, de pasiones y de perspectiva de género, en este siglo XXI.
Blablamour... se vio en La Máscara.

Entre las presencias a nivel nacional que nunca faltan, estuvo Lo que se pierde se tiene para siempre, que recrea parte del universo de la escritora Alejandra Kamiya, con las actuaciones de Sofía Gala, Marita Ballesteros, Enrique Amido y Camila Alfonsín.

Para todos

El gran Merlot… del grupo Kachivachis de Casilda, brindó una hermosa obra en funciones al aire libre, conjugando escenas de magia con personajes que juegan con la torpeza y se vuelven entrañables. Con las interpretaciones de Alexander Agüero y Glenda Del Carlo y dirigida por Elezar Fanjul e Irupé Vitali.

Un juego fui, con la actuación de los hermanos Juan y Manuel Venturini, de Santa Fe, y una plástica de máscaras y títeres cuidados, invita a jugar, reinventar todo e imaginar sin parar.

La dupla de Casilda, en El gran Merlot...
Pintando a Berni de la Comedia rosarina, con dirección y adaptación de Nicolás Cefarelli, y buenas actuaciones del joven y numeroso elenco concertado, fue un notable collage teatral que brindó homenaje al gran pintor santafecino Antonio Berni. De nuevo la inspirada música, las proyecciones, el texto y todos los lenguajes escénicos y pictóricos estuvieron al servicio de ideas, argumentos, acciones y gestos.

Encendidos y locales

La casa de Bernarda Alba fue en sí mismo un acontecimiento de celebración por hacerse en el histórico edificio de la Sociedad Italiana –hoy rebautizada La fenice-, abandonado por cinco años y en actual plan de restauración. 

Primeras escenas de
La casa de Bernarda Alba

Marcelo Allasino condujo a un nutrido elenco local, entre el derrumbe de la sala y de esa casa maldita o trágica de los campos españoles. Las escenas aquí se suceden sobre el mismo escenario, con un elenco que sube y baja escaleras, abre y cierra metafóricamente altas puertas y ventanas, se esconde, cuchichea, ríe, para resistir la opresión doméstica, con señas y guiños particulares que rompen con el texto original y le dan una impronta singular.

La danza rafaelina en la Sala La Obra, con Como gárgolas que miran no desentonó con el resto de la programación como siempre audaz, provocadora, disruptiva del orden cotidiano de la vida y sus percances.

El elenco de Nosotras Ofelia,
dirigidos por G. Baldo

En tanto, lo producido en un lapso de no más de dos meses, en el marco de la política de Laboratorios junto a referentes y asistencias locales, pudo verse Nosotras Ofelia, de Guillermo Baldo y Ricardo Ryser, Yo soy Buris, desopilante y cándido trabajo dirigido por Agustín Soler y Hacemos santitos, de Santiago Loza, cuyas lecturas de los dramaturgos, acompañadas de la proyección de un fuego virtual encendido,  concluyeron con puñados de sal que arrojaron los asistentes sobre una pequeña hoguera de la galería del Centro Recreativo Metropolitano, junto a sus deseos.

 

Parte del elenco de Medida por medida.

Contemporaneidad

El cierre del festival fue encargado a los inmensos actores de Medida por medida (La culpa es tuya). Fue una acertada elección para terminar la jornada con mucho humor, destrezas a montones que dejaron a más de uno boquiabierto y tanta sorna que viene bien para poner el ojo en los modos de vincularnos con los otros, en esta vida contemporánea de pantallas, dobles discursos, mentiras, violencias.

Con este Shakespeare para todos, que sacudió literalmente al público, y que ilusionó imaginando el 2027, se cerró con una suerte de broche de oro, este bien iluminado festival.

lunes, 6 de julio de 2026

Reseñas de invierno

 O simplemente una lectura de 

Treinta y seis grados, de Eduardo Magoo

Treinta y seis grados es el título del último libro de poesía de Eduardo Magoo Nico, un escritor que no descansa. En efecto, es su cuarto libro y dice que ya está entrando a imprenta uno nuevo, además de actualizar de manera permanente su blog Se escribe: Magoo.

En este volumen de La Cartonera Edizioni, los textos se ordenan en cuatro partes y a medida que se avanza en la lectura, una puede comprender mejor las preocupaciones y temas que como esa nube inmensa verdiazul -de la ilustración de Héctor Ledo en la tapa-, se le enredan o traman en palabras, a este autor. Trazos que hablan de deseos, tiempo, amores, memoria, rebeliones y tanto más.

En las primeras páginas está la dedicatoria “a los amigos” que parece dialogar con varios poemas y transformarse de pronto en una suerte de oda a esos amores que se descubren (como la niebla) después de recorrer muchos caminos, o tal vez mejor, con la distancia o la condición de extranjero. “¿Por qué buscas lo imposible?/ Me preguntan/ Ven aquí, y sé como nosotros…/ Pero el cazador ha sido también la presa/ el volátil fue reptil/ Aquello que somos demora sobre los montes y erra imperceptible en el viento”, se lee en Estando juntos.

Leo y marco sobre las páginas una serie de imágenes que evocan el presente sobre el que autor vuelve y lucha o vaticina, tan insatisfecho como él pretende de sus lectores. Alicia Dujovne Ortiz, desde la contratapa se detiene en ello: “Solitaria e insatisfecha, yo volvería una y otra vez al amarillo de las mariposas amontonadas alrededor de la camisa incandescente, en el farol al que antes llamábamos sol de noche y ahora no sé, o a los ojos de los pulpos (profundamente) fijos en los nuestros. Por esas mariposas y esos pulpos aconsejo leer a este Míster Magoo que podrá sufrir de cualquier cosa en su vida, menos de ceguera”, remata la escritora. Palabras que son un elogio fino y de profunda comprensión que bien ubicadas en la contratapa, invitan ciertamente a leer con fruición a este autor -nacido en Lomas de Zamora-, desde hace varios años radicado en Trieste.

Retomo y subrayo algunos versos: “Colapso de la actual civilización”, “Una época implacable /Nosotros la forjamos en parte / Nosotros que ya somos su víctima” o …“Una verdadera rebelión de la ligereza (contra la ley) asolará al mundo” …“Invisible propagación de una enfermedad que nos empobrece”.

En El flujo, así como Proyecto para un poema –aquí rompe con su estilo de iniciar cada verso con mayúsculas para que cada verso cobre propio vuelo e independencia, tal como explicó alguna vez-, o Nos haremos odiar y tal veznotros textos más, Nico desanda un ars poética con estilo único y un humor muy singular. Habla de versos que reposarán “… Sobre aquella silla/Donde una muchacha (en mi memoria)/Espera sentada a su amante taciturno/ (Usándolos como almohadón)”.

“El flujo” es el de la memoria, el de la belleza, el de la escritura poética, esa que se sabe inútil y sin embargo: “… Lo que se escribe/ No soporta/ El más mínimo temblor/ las palabras con nada vuelan”. Aquí y allá aparece el poeta, sabedor de paciencia acumulada, copista de todo lo que le susurran las cosas, los árboles, las orquídeas, los pulpos, una falena, los tiempos pasados, perdidos, revividos, presente o por venir. A veces con tono más esperanzado, y otras veces, nos reconocemos en esas ganas de salir a quemar naves vulgares comandadas por cipayos.

Tras la lectura de todo el libro, una se queda como flotando otra vez en una nube, esta vez una “palpitante/ De luz multicolor”, esa que corona el poema Treinta y seis grados.


Treinta y seis grados
La he perdido

Irremediablemente

Mis intentos han sido insignificantes

Tardíos

Inútiles

Me engaño a mi mismo con los refugios de ventura

Las pequeñas chozas

Los ranchos transparentes

Las casitas de cartón

Las enramadas de todo tipo (y de todas las etnias)

Pusimos una lámpara de camisa incandescente

En el espacio que está detrás del rancho

(Que fue jardín cuando mi madre se ocupaba

De sus plantas con flores y de los frutales)

Una de esas lámparas de alcohol o kerosene

Que usábamos años atrás en el campo

Y que se siguen usando

A Federica le llamaron inmediatamente la atención

Las mariposas nocturnas

Para mí, habían sido hasta esa noche

Solo una molestia más

Como por otra parte, la infinidad de insectos

Que asolan las pampas

(Digamos que de “las nubes de langostas”, ya mi generación

Se había librado

¿Qué terribles consecuencias traerá esto?

No lo sabemos)

Darwin describe en un pasaje de sus crónicas

Una enorme bandada volando sin interrupción

Durante varias horas a diez millas de la costa sudamericana

En la que, según él, era imposible (incluso con el catalejo)

Encontrar un trozo de cielo abierto

Entre el aleteo tambaleante de las mariposas

¡Tenemos aún las mariposas!

Que acudieron en masa al entorno de la luz

Describiendo miles de curvas, espirales

Y rizos de sombras coloreadas


Con pericia de entomóloga

Federica, extendió una gran sábana blanca

Bajo la lámpara, donde iban a posarse por un momento

(O simplemente caían agotadas)

Cientos de mariposas

La mayoría era de un color básico sencillo

Y mostraban al agitar las alas

Líneas transversales u onduladas

Manchas en forma de luna apenas naciente

Pecas, flecos, franjas en zigzag

Y nervaduras de colores inimaginables...

Verde seco mezclado con azul

Alazán y azafrán

Un amarillo arcilloso

Que afloraba bajo el blanco satinado

Y un extraño brillo metálico, como de latón

Salpicado de oro pulverizado

De día duermen

Están como muertas cuando se las encuentra

Deben saltar por el suelo como un "Piper"

Antes de levantar el vuelo

La temperatura de su cuerpo

Es entonces de treinta y seis grados

Como la de los mamíferos, los delfines

Y los atunes, cuando van a gran velocidad...

¡Treinta y seis grados!

¡Una especie de umbral mágico!

Todos los males del hombre

Están relacionados de algún modo

Con la desviación de esa norma

Y con el estado ligeramente febril

En que continuamente nos encontramos...

Ella amaba, sobre todo

Las estelas de luz

Las huellas o los fantasmas

Que dejaban los insectos detrás de sí

Tras brillar una fracción de segundo...

Ese relampaguear de lo irreal en lo real

Y determinados efectos que se proyectaban en el paisaje

(O en los ojos de la persona amada)

A veces, al ver una de esas polillas

Que vienen a morir en mi casa

Pienso en qué clase de miedo y de dolor sienten

En el momento en que se extravían...

En mi extravío

Yo me he sentido más de una vez

Una falena azul en el último trance

Agarradita a la vida con toda la fuerza de mis garras

Como ayer noche a la tela de lino

En la que Federica me observaba

Mientras mi cuerpo transido de amor

Comenzaba a paralizarse

Todas las formas y colores

Se disolvían en una neblina perlada

No había contrastes ni graduaciones

Solo transiciones fluidas

Con pulsaciones de luz

Que reflejada en sus ojos

Me transmitían una especie de sensación de eternidad

O aceptación

O alma

Un alma tan llena de almas

Que parecía una nube palpitante

De luz multicolor