O simplemente una lectura de
Treinta y seis grados, de Eduardo Magoo
Treinta y seis grados es el título del último libro de
poesía de Eduardo Magoo Nico, un
escritor que no descansa. En efecto, es su cuarto libro y dice que ya está entrando
a imprenta uno nuevo, además de actualizar de manera permanente su blog Se escribe: Magoo.
En este
volumen de La Cartonera Edizioni, los textos se ordenan en cuatro partes y a
medida que se avanza en la lectura, una puede comprender mejor las
preocupaciones y temas que como esa nube inmensa verdiazul -de la ilustración
de Héctor Ledo en la tapa-, se le enredan o traman en palabras, a este autor.
Trazos que hablan de deseos, tiempo, amores, memoria, rebeliones y tanto más.
En las
primeras páginas está la dedicatoria “a los amigos” que parece dialogar con varios
poemas y transformarse de pronto en una suerte de oda a esos amores que se
descubren (como la niebla) después de recorrer muchos caminos, o tal vez mejor,
con la distancia o la condición de extranjero. “¿Por qué buscas lo imposible?/ Me
preguntan/ Ven aquí, y sé como nosotros…/ Pero el cazador ha sido también la
presa/ el volátil fue reptil/ Aquello que somos demora sobre los montes y erra
imperceptible en el viento”, se lee en Estando juntos.
Leo y marco
sobre las páginas una serie de imágenes que evocan el presente sobre el que autor
vuelve y lucha o vaticina, tan insatisfecho como él pretende de sus lectores.
Alicia Dujovne Ortiz, desde la contratapa se detiene en ello: “Solitaria e
insatisfecha, yo volvería una y otra vez al amarillo de las mariposas
amontonadas alrededor de la camisa incandescente, en el farol al que antes
llamábamos sol de noche y ahora no sé, o a los ojos de los pulpos
(profundamente) fijos en los nuestros. Por esas mariposas y esos pulpos
aconsejo leer a este Míster Magoo que podrá sufrir de cualquier cosa en su
vida, menos de ceguera”, remata la escritora. Palabras que son un elogio fino y
de profunda comprensión que bien ubicadas en la contratapa, invitan ciertamente
a leer con fruición a este autor -nacido en Lomas de Zamora-, desde hace varios
años radicado en Trieste.
Retomo y subrayo
algunos versos: “Colapso de la actual civilización”, “Una época implacable /Nosotros
la forjamos en parte / Nosotros que ya somos su víctima” o …“Una verdadera
rebelión de la ligereza (contra la ley) asolará al mundo” …“Invisible propagación
de una enfermedad que nos empobrece”.
En El flujo,
así como Proyecto para un poema –aquí rompe con su estilo de iniciar cada verso
con mayúsculas para que cada verso cobre propio vuelo e independencia, tal como
explicó alguna vez-, o Nos haremos odiar y tal veznotros textos más, Nico desanda
un ars poética con estilo único y un humor muy singular. Habla de versos que
reposarán “… Sobre aquella silla/Donde una muchacha (en mi memoria)/Espera
sentada a su amante taciturno/ (Usándolos como almohadón)”.
“El flujo”
es el de la memoria, el de la belleza, el de la escritura poética, esa que se
sabe inútil y sin embargo: “… Lo que se escribe/ No soporta/ El más mínimo
temblor/ las palabras con nada vuelan”. Aquí y allá aparece el poeta, sabedor
de paciencia acumulada, copista de todo lo que le susurran las cosas, los
árboles, las orquídeas, los pulpos, una falena, los tiempos pasados, perdidos,
revividos, presente o por venir. A veces con tono más esperanzado, y otras
veces, nos reconocemos en esas ganas de salir a quemar naves vulgares comandadas
por cipayos.
Tras la
lectura de todo el libro, una se queda como flotando otra vez en una nube, esta
vez una “palpitante/ De luz multicolor”, esa que corona el poema Treinta y seis
grados.
Treinta y seis grados
La he perdido
Irremediablemente
Mis intentos han sido insignificantes
Tardíos
Inútiles
Me engaño a mi mismo con los refugios de ventura
Las pequeñas chozas
Los ranchos transparentes
Las casitas de cartón
Las enramadas de todo tipo (y de todas las etnias)
Pusimos una lámpara de camisa incandescente
En el espacio que está detrás del rancho
(Que fue jardín cuando mi madre se ocupaba
De sus plantas con flores y de los frutales)
Una de esas lámparas de alcohol o kerosene
Que usábamos años atrás en el campo
Y que se siguen usando
A Federica le llamaron inmediatamente la atención
Las mariposas nocturnas
Para mí, habían sido hasta esa noche
Solo una molestia más
Como por otra parte, la infinidad de insectos
Que asolan las pampas
(Digamos que de “las nubes de langostas”, ya mi generación
Se había librado
¿Qué terribles consecuencias traerá esto?
No lo sabemos)
Darwin describe en un pasaje de sus crónicas
Una enorme bandada volando sin interrupción
Durante varias horas a diez millas de la costa sudamericana
En la que, según él, era imposible (incluso con el catalejo)
Encontrar un trozo de cielo abierto
Entre el aleteo tambaleante de las mariposas
¡Tenemos aún las mariposas!
Que acudieron en masa al entorno de la luz
Describiendo miles de curvas, espirales
Y rizos de sombras coloreadas
Con pericia de entomóloga
Federica, extendió una gran sábana blanca
Bajo la lámpara, donde iban a posarse por un momento
(O simplemente caían agotadas)
Cientos de mariposas
La mayoría era de un color básico sencillo
Y mostraban al agitar las alas
Líneas transversales u onduladas
Manchas en forma de luna apenas naciente
Pecas, flecos, franjas en zigzag
Y nervaduras de colores inimaginables...
Verde seco mezclado con azul
Alazán y azafrán
Un amarillo arcilloso
Que afloraba bajo el blanco satinado
Y un extraño brillo metálico, como de latón
Salpicado de oro pulverizado
De día duermen
Están como muertas cuando se las encuentra
Deben saltar por el suelo como un "Piper"
Antes de levantar el vuelo
La temperatura de su cuerpo
Es entonces de treinta y seis grados
Como la de los mamíferos, los delfines
Y los atunes, cuando van a gran velocidad...
¡Treinta y seis grados!
¡Una especie de umbral mágico!
Todos los males del hombre
Están relacionados de algún modo
Con la desviación de esa norma
Y con el estado ligeramente febril
En que continuamente nos encontramos...
Ella amaba, sobre todo
Las estelas de luz
Las huellas o los fantasmas
Que dejaban los insectos detrás de sí
Tras brillar una fracción de segundo...
Ese relampaguear de lo irreal en lo real
Y determinados efectos que se proyectaban en el paisaje
(O en los ojos de la persona amada)
A veces, al ver una de esas polillas
Que vienen a morir en mi casa
Pienso en qué clase de miedo y de dolor sienten
En el momento en que se extravían...
En mi extravío
Yo me he sentido más de una vez
Una falena azul en el último trance
Agarradita a la vida con toda la fuerza de mis garras
Como ayer noche a la tela de lino
En la que Federica me observaba
Mientras mi cuerpo transido de amor
Comenzaba a paralizarse
Todas las formas y colores
Se disolvían en una neblina perlada
No había contrastes ni graduaciones
Solo transiciones fluidas
Con pulsaciones de luz
Que reflejada en sus ojos
Me transmitían una especie de sensación de eternidad
O aceptación
O alma
Un alma tan llena de almas
Que parecía una nube palpitante
De luz multicolor
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