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lunes, 6 de julio de 2026

Reseñas de invierno

 O simplemente una lectura de 

Treinta y seis grados, de Eduardo Magoo

Treinta y seis grados es el título del último libro de poesía de Eduardo Magoo Nico, un escritor que no descansa. En efecto, es su cuarto libro y dice que ya está entrando a imprenta uno nuevo, además de actualizar de manera permanente su blog Se escribe: Magoo.

En este volumen de La Cartonera Edizioni, los textos se ordenan en cuatro partes y a medida que se avanza en la lectura, una puede comprender mejor las preocupaciones y temas que como esa nube inmensa verdiazul -de la ilustración de Héctor Ledo en la tapa-, se le enredan o traman en palabras, a este autor. Trazos que hablan de deseos, tiempo, amores, memoria, rebeliones y tanto más.

En las primeras páginas está la dedicatoria “a los amigos” que parece dialogar con varios poemas y transformarse de pronto en una suerte de oda a esos amores que se descubren (como la niebla) después de recorrer muchos caminos, o tal vez mejor, con la distancia o la condición de extranjero. “¿Por qué buscas lo imposible?/ Me preguntan/ Ven aquí, y sé como nosotros…/ Pero el cazador ha sido también la presa/ el volátil fue reptil/ Aquello que somos demora sobre los montes y erra imperceptible en el viento”, se lee en Estando juntos.

Leo y marco sobre las páginas una serie de imágenes que evocan el presente sobre el que autor vuelve y lucha o vaticina, tan insatisfecho como él pretende de sus lectores. Alicia Dujovne Ortiz, desde la contratapa se detiene en ello: “Solitaria e insatisfecha, yo volvería una y otra vez al amarillo de las mariposas amontonadas alrededor de la camisa incandescente, en el farol al que antes llamábamos sol de noche y ahora no sé, o a los ojos de los pulpos (profundamente) fijos en los nuestros. Por esas mariposas y esos pulpos aconsejo leer a este Míster Magoo que podrá sufrir de cualquier cosa en su vida, menos de ceguera”, remata la escritora. Palabras que son un elogio fino y de profunda comprensión que bien ubicadas en la contratapa, invitan ciertamente a leer con fruición a este autor -nacido en Lomas de Zamora-, desde hace varios años radicado en Trieste.

Retomo y subrayo algunos versos: “Colapso de la actual civilización”, “Una época implacable /Nosotros la forjamos en parte / Nosotros que ya somos su víctima” o …“Una verdadera rebelión de la ligereza (contra la ley) asolará al mundo” …“Invisible propagación de una enfermedad que nos empobrece”.

En El flujo, así como Proyecto para un poema –aquí rompe con su estilo de iniciar cada verso con mayúsculas para que cada verso cobre propio vuelo e independencia, tal como explicó alguna vez-, o Nos haremos odiar y tal veznotros textos más, Nico desanda un ars poética con estilo único y un humor muy singular. Habla de versos que reposarán “… Sobre aquella silla/Donde una muchacha (en mi memoria)/Espera sentada a su amante taciturno/ (Usándolos como almohadón)”.

“El flujo” es el de la memoria, el de la belleza, el de la escritura poética, esa que se sabe inútil y sin embargo: “… Lo que se escribe/ No soporta/ El más mínimo temblor/ las palabras con nada vuelan”. Aquí y allá aparece el poeta, sabedor de paciencia acumulada, copista de todo lo que le susurran las cosas, los árboles, las orquídeas, los pulpos, una falena, los tiempos pasados, perdidos, revividos, presente o por venir. A veces con tono más esperanzado, y otras veces, nos reconocemos en esas ganas de salir a quemar naves vulgares comandadas por cipayos.

Tras la lectura de todo el libro, una se queda como flotando otra vez en una nube, esta vez una “palpitante/ De luz multicolor”, esa que corona el poema Treinta y seis grados.


Treinta y seis grados
La he perdido

Irremediablemente

Mis intentos han sido insignificantes

Tardíos

Inútiles

Me engaño a mi mismo con los refugios de ventura

Las pequeñas chozas

Los ranchos transparentes

Las casitas de cartón

Las enramadas de todo tipo (y de todas las etnias)

Pusimos una lámpara de camisa incandescente

En el espacio que está detrás del rancho

(Que fue jardín cuando mi madre se ocupaba

De sus plantas con flores y de los frutales)

Una de esas lámparas de alcohol o kerosene

Que usábamos años atrás en el campo

Y que se siguen usando

A Federica le llamaron inmediatamente la atención

Las mariposas nocturnas

Para mí, habían sido hasta esa noche

Solo una molestia más

Como por otra parte, la infinidad de insectos

Que asolan las pampas

(Digamos que de “las nubes de langostas”, ya mi generación

Se había librado

¿Qué terribles consecuencias traerá esto?

No lo sabemos)

Darwin describe en un pasaje de sus crónicas

Una enorme bandada volando sin interrupción

Durante varias horas a diez millas de la costa sudamericana

En la que, según él, era imposible (incluso con el catalejo)

Encontrar un trozo de cielo abierto

Entre el aleteo tambaleante de las mariposas

¡Tenemos aún las mariposas!

Que acudieron en masa al entorno de la luz

Describiendo miles de curvas, espirales

Y rizos de sombras coloreadas


Con pericia de entomóloga

Federica, extendió una gran sábana blanca

Bajo la lámpara, donde iban a posarse por un momento

(O simplemente caían agotadas)

Cientos de mariposas

La mayoría era de un color básico sencillo

Y mostraban al agitar las alas

Líneas transversales u onduladas

Manchas en forma de luna apenas naciente

Pecas, flecos, franjas en zigzag

Y nervaduras de colores inimaginables...

Verde seco mezclado con azul

Alazán y azafrán

Un amarillo arcilloso

Que afloraba bajo el blanco satinado

Y un extraño brillo metálico, como de latón

Salpicado de oro pulverizado

De día duermen

Están como muertas cuando se las encuentra

Deben saltar por el suelo como un "Piper"

Antes de levantar el vuelo

La temperatura de su cuerpo

Es entonces de treinta y seis grados

Como la de los mamíferos, los delfines

Y los atunes, cuando van a gran velocidad...

¡Treinta y seis grados!

¡Una especie de umbral mágico!

Todos los males del hombre

Están relacionados de algún modo

Con la desviación de esa norma

Y con el estado ligeramente febril

En que continuamente nos encontramos...

Ella amaba, sobre todo

Las estelas de luz

Las huellas o los fantasmas

Que dejaban los insectos detrás de sí

Tras brillar una fracción de segundo...

Ese relampaguear de lo irreal en lo real

Y determinados efectos que se proyectaban en el paisaje

(O en los ojos de la persona amada)

A veces, al ver una de esas polillas

Que vienen a morir en mi casa

Pienso en qué clase de miedo y de dolor sienten

En el momento en que se extravían...

En mi extravío

Yo me he sentido más de una vez

Una falena azul en el último trance

Agarradita a la vida con toda la fuerza de mis garras

Como ayer noche a la tela de lino

En la que Federica me observaba

Mientras mi cuerpo transido de amor

Comenzaba a paralizarse

Todas las formas y colores

Se disolvían en una neblina perlada

No había contrastes ni graduaciones

Solo transiciones fluidas

Con pulsaciones de luz

Que reflejada en sus ojos

Me transmitían una especie de sensación de eternidad

O aceptación

O alma

Un alma tan llena de almas

Que parecía una nube palpitante

De luz multicolor

 

 

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