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jueves, 14 de marzo de 2013

El veneno del teatro

Tras la función de este jueves 14 de marzo, los actores de El veneno del teatro,
Daniel Freire y Miguel Ángel Sola, saludaron al público paranaense.
El actor y dramaturgo Raúl Dayub, la bibliotecaria Norma Sánchez, Daniel Freire y Nancy Jacob, directora del Teatro 3 de Febrero.
 Ya en la vereda del teatro, la revista La Otra Butaca se iba de la mano de los actores.
Alcanzamos a felicitar a los envenenados del teatro y nos prometieron entrevista, mail mediante. A nuestros lectores les decimos "paciencia", que en próximas publicaciones podrán leer sus respuestas. A continuación, compartimos, una lectura de la obra que se vio este jueves 14 en el 3 de Febrero.

De venenos y antídotos posibles
Guillermo Meresman


El veneno del teatro, de Rodolf Sirera en versión de José María Rodríguez Méndez, dirección de Mario Gas, con escenografía de Paco Azorin y la iluminación de Juan Cornejo, es una obra que, sabiendo de reflexiones y preocupaciones muy humanas, se propone como trampolín para el destacado trabajo actoral de la dupla integrada por Miguel Ángel Sola y Daniel Freire. A eso pareció apostar el director catalán de esta nueva coproducción española-argentina, que se prepara para recorrer nuevos escenarios de los cinco continentes.
Una puesta austera pero no pobre, acompaña la evolución del conflicto planteado por un texto escrito en 1978, que se sostiene aún en este globalizado siglo XXI, tan demandante de nuevas retóricas escénicas. Es un texto que parece dialogar con el pensamiento de Diderot, Stanislavsky o, entre nosotros, el también catalán Antonio Cunil Cabanellas.
La pieza formula una exploración en el vínculo de dos hombres, uno actor y el otro empresario, científico, “amo y señor”, y exhibe una investigación y reflexión en torno a la teatralidad, la estética, la ética, la muerte humana, la ficción por oposición a la verdad. En este punto, se plantea un teatro de tesis, filosófico, en el que los intérpretes deben acompañar un argumento metateatral, que prescinde tanto de rebuscadas imágenes, como de otros recursos ajenos a lo sustancial: las palabras, los cuerpos, las ideas y los temores de cualquiera, o mejor en este caso, de un actor de gran prestigio ubicado ante el desafío de reconocer sus conductas ante la privación de la libertad de la que es objeto.
La acentuación de esta especie de thriller policial, provoca dudas acerca de qué es actuar, qué es una obra de teatro o el teatro mismo. Es una obra que invita a pensar y definir la verdadera esencia del veneno del teatro. Ese veneno que hace que dos actores puedan conmovernos tanto. En la obra, un actor que actúa de actor famoso es obligado a representar esos minutos previos a la muerte del maestro de la mayéutica griega, Sócrates.  
¿Cuál es el sentido de la vida, qué objeto tiene el teatro para la humanidad, cómo se vincula con los poderes terrenales?, son algunos de los dilemas que se les plantean a los espectadores.  
En este sentido, tras la función de El veneno del teatro, uno puede leer elocuentes guiños al Kafka de Ante la Ley, a Thomas de Quincey y el modernista Boudelaire, todos autores que se valen de materialidades oníricas o fantásticas y de provisorias respuestas de Freud y otros contemporáneos husmeadores del alma humana, procurándose antídotos contra la finitud, el dolor de la agonía y la banalidad de la vida terrena.
Con solvencia, Solá-Freire, Freire-Solá, forman un tándem que con el texto dramático y la puesta en escena, invitan a volver a cotejar la densidad y el milagro de la vida cultural, en una sociedad en la que a veces y no siempre, el progreso otorga respuestas y abre nuevas preguntas acerca de la vanidad, el poder, la traición y el orgullo.


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