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domingo, 28 de enero de 2024

Publicaciones recibidas

RESEÑAS

Del INET y su historia

 

Recientemente, a fines del 2023, apareció la historia del Instituto Nacional de Estudios de Teatro (INET) con el título Entre la tradición y la modernidad, publicado por el Ministerio de Cultura de Argentina.


El grueso volumen recoge notables colaboraciones de un grupo de  investigadores – Nicolás Ricatti, Belén Arenas Arce, Lucía Correa Vázquez- que analizan y escriben sobre el devenir del organismo desde sus orígenes allá por 1936 hasta el 2022, dan cuenta del contexto de las políticas culturales en el que se entiende la importancia de este organismo, atravesando las distintas facetas de la institución casi centenaria. A la vez, los investigadores convocados para este volumen, ponen en valor el largo y extenso trabajo que se realiza en la sede de Av. Córdoba y Libertad. Asimismo, en sus textos se aprecia la necesaria confluencia del quehacer teatral, tanto como las dimensiones que involucran y remiten a los archivos, la historia y la teoría teatral.

Este enorme esfuerzo de visibilización del Instituto es un edición cuidada y prolija, coordinada por su actual directora Laura Mogliani, aporta decenas de fotografías de estos casi cien años pertenecientes al monumental Archivo Fotográfico del INET, organismo público del Estado que, como asevera Jorge Dubatti en sus Palabras preliminares, es un orgullo “nacional” y una de las instituciones de mayor relevancia en el desarrollo de los  teatros en la Argentina e Iberoamérica.

En sus primeras páginas se lee que esta institución pionera “nació hermanada al Teatro Nacional Cervantes” y desde sus comienzos comparten el mismo edificio, ese “bello teatro construido por María Guerrero, inaugurado en 1921), define el teórico Jorge Dubatti. A propósito, en su texto, el investigador se detiene ahí precisamente, en la confluencia de unos y otros saberes en una verdadera política cultural. Lo refiere así: “La grandeza de un campo teatral se mide no sólo por la actividad artística que produce y recibe, sino también por la producción de pensamiento y conocimiento que genera sobre esas prácticas. Ambas dimensiones son, finalmente, inseparables y se alimentan mutuamente”.

La trayectoria federal y un detalle de las actividades, publicaciones, servicios y agentes históricos que hicieron a este funcionamiento destacable, usina de gestión, producción de pensamiento y conocimiento sobre las prácticas artísticas, hacen de este libro de más de 350 páginas, un volumen indispensable para los amantes de las artes escénicas de Argentina, para sus artistas contemporáneos y el público del país y del extranjero, que han visto crecer su valor simbólico, en muestras, conferencias y mil acciones más, en particular durante el último cuarto de siglo. Período este que, en vínculo con el Instituto Nacional del Teatro, (al que se discute en estos momentos si seguir dándole entidad jurídica), alcanzó evidente notoriedad y desarrollo.

Como también aclara con justeza Yanina Leonardi en la contratapa del ejemplar que se puede encontrar en la Biblioteca de la Escuela de música, danza y teatro “Prof. Constancio Carminio” de Paraná -donde funciona uno de los dos profesorados de la especialidad (Fhaycs, Uader)-, la pionera labor del INET, es ineludible a la hora de conocer la historia de nuestras artes escénicas.

 

Los controladores 

y otros textos

El texto por el que Guillermo Meresman recibió el Premio Fray Mocho Teatro 1996, ha sido vuelto a publicar por Azogue Libros, un cuarto de siglo después de haber sido presentada al concurso literario más importante de la provincia, con apoyo del Instituto Nacional del Teatro. Un jurado notable conformado por Griselda Gambaro, Bernardo Carey y Manuel Iedvabni, distinguió entonces este acto único que un lustro más tarde, llegó a escena en el 2003, con funciones que se vieron en algunas ciudades entrerrianas (Paraná, Rosario del Tala, Concordia).

La obra, en esta ocasión, viene acompañada de críticas posteriores a su estreno, estudios y reseñas, fotografías del acontecimiento y breves notas de sus actores, lo que constituye para esta nueva lectura, infrecuentes colaboradores para la imaginación, el conocimiento de aquella experiencia escénica y un cierto clima de época finisecular.

Pero además, y es lo sustancial, el investigador y director acompaña a la pieza esta vez con otras obras breves, (La aguada, Carpe diem, A un segundo de la eternidad, La colonia), éditas e inéditas, que dan cuenta de su empeño y desempeño dramatúrgico, y un hermoso texto de Alejandro Rússovich que se anuncia en tapa, sobre la literatura y el teatro de su amigo Witold Gombrowicz, de la época en que el “discípulo” visitó Paraná, jubilado ya de sus cátedras universitarias, en tránsito hacia Corrientes.

Este nuevo volumen, cabe agregar, fue presentado en la librería De las maravillas de Oro Verde, y ya empezó a distribuirse y circular entre bibliotecas de Entre Ríos y librerías de todo el país.

martes, 23 de enero de 2024

Con la cultura en la boca

Mónica Borgogno


Cultura, cultura, cultura. La palabra suena y puede tener un regusto a consumo de pocos, un privilegio de algunos. Algo de eso emerge cuando una junto a un colectivo de artistas, sale a defender la importancia de las políticas culturales. “A quién le interesan esas pavadas” suelen definir-denostar en las redes sociales, al teatro, el cine, la música, los libros, a modo de virulento retruco.

El propio presidente salió a hablar de privilegios y decir que en lugar de “poner plata en películas que no ve nadie”, hay que darle de comer a los chicos desnutridos. Una estrategia discursiva falaz, de manipulación. Cuando alguien señala que ´nadie` consume tal cosa, en realidad es que quien lo pronuncia no lo consume y pretende hacerlo pasar por todo el mundo, cuando no es así. Y hacer bandería con los niños y niñas que pasan hambre y otros atropellos, es como mínimo perverso.

Estamos por estos días invadidos de premisas como “el país está quebrado y no se puede gastar en eso” y el famoso “no hay plata” que conducen a subestimar el valor del quehacer cultural.

Sin embargo, como dice Alejandro Grimson en Los límites de la cultura. Crítica de las teorías de la identidad, al que estoy leyendo por estos días para entender algo de lo que pasa, algo de los enunciados circulantes, acaso para comprender por qué se pretenden recortar los apoyos a las expresiones artísticas, la economía -ese discurso que hoy todo lo invade y que va desde el “no hay plata”, hasta el “déficit cero” y “la inflación y la estanflación” que aparece en el discurso presidencial y en cualquier charla de todos los días-, “no existe sin la cultura”. Enseguida, el autor agrega, trayendo conceptos del pensador crítico Raymond Williams: La cultura “es relevante porque no existe ningún proceso social que carezca de significación. No hay ninguna práctica económica que no sea una práctica de significación. No hay ni podría haber prácticas productivas, intercambios ni relaciones de producción sin significados. Siempre hay un excedente de sentidoEl desafío es reponer la idea de un proceso social total en el que la cultura no es un anexo o una esfera interesante, sino una trama donde se producen disputas cruciales sobre las desigualdades, sus legitimidades y las posibilidades de transformación”, aclara Grimson.

Y ahí es donde el panorama se me abre y todo resulta más claro. Arriba de un escenario se puede enunciar eso que hace ruido afuera, los dolores de la desigualdad, la injusticia, la diversidad o bien, las posibilidades de soñar con cambiar y proyectar este presente. A todo eso se temerá, por eso el cercenamiento, me pregunto. O a todo lo que habilita la trama (como cuando despiden a 15 trabajadores o 50, la conciliación laboral los manda a trabajar y la empresa los exime de ir de nuevo al trabajo por miedo a que tantos, unidos, puedan hacer lío, no?).

Me quedo pensando en el impacto que tiene escuchar por primera vez una orquesta infantojuvenil tocando en la plazoleta de Pronunciamiento y Espejo, o ver una obra de teatro en el playón de barrio San Martín, puertas de entrada de grandes barriadas de Paraná, cuando los chicos y chicas que son público se ven reflejados en sus pares instrumentistas o actores y se contagian las ganas de ser músicos o actrices, por caso, o simplemente disfrutan y se emocionan que no es poco en contextos de gritos, violencias y subestimación.

Aparte leo el documento que la mismísima Oficina de Presupuesto del Congreso, en su análisis de los gastos de cada una de las modificaciones planteadas en el proyecto de ley ómnibus, recientemente difundido, devela. Allí queda en evidencia que el pretendido impacto fiscal que ocasionarían los cambios propuestos sobre el funcionamiento del INT, el Fondo Nacional de las Artes, las bibliotecas populares, el Inamu, el Incaa, representarían $ 0. Por lo tanto es una gran mentira eso de cortar por aquí para que haya plata allá. (y allá dónde será, porque hacia dónde quieren redireccionar, eso nadie lo explica).

“La cultura es la sonrisa que acaricia la canción, y se alegra todo el pueblo, quién le puede decir que no. Solamente alguien que quiera que tengamos triste el corazón”, resume León Gieco.

En fin, ojalá los legisladores piensen de verdad en lo que están haciendo, hayan escuchado y anotado lo que plantearon los tantos sectores afectados que se presentaron en las audiencias públicas y abonen a construir un país más justo y sostenible para los jubilados, para las presentes y futuras generaciones. Ojalá sean inteligentes y sepan defender y dar continuidad a las normativas laborales que costó instalar y hacer que se cumplan. Ojalá no se entregue la televisión pública y su contenido federal y de calidad, instrumento vital para formar, transformar y llegar a cada rincón del país. Ojalá nuestros diputados y senadores comprendan que el toqueteo al sector cultural es un retroceso y en términos económicos… una verdadera desinversión.