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sábado, 9 de julio de 2016

“El cruce”, última producción de Teatro del Bardo

Cuando los márgenes
se atraviesan y cuentan


Mónica Borgogno


El cruce es una obra coral, coreográfica, musical. Los tres adjetivos bien le caben.

Distintas voces y relatos se escuchan, ven y viven. Los actores de este nuevo trabajo de Teatro del Bardo, Juan Kohner, Toño López y Andrés Main, se desdoblan en personajes queribles que habitan un margen, no importa cuál, salen de una orilla descuidada y perseguida, ansían otra orilla, otro horizonte tal vez. Y entonces los actores se salen de las composiciones que hicieron de unos increíbles Francis, Paulo y Berger, para relatar una y más historias, cantar, bailar. Son actuaciones pregnantes, de esas que interpelan, que atraen y que no necesitan escenografía, porque con estos actores uno ve el ranchito cascoteado y quemado, un camino rojizo y largo por el que corren, un río que espera ser atravesado, la selva y sus cuentos.

Es que la obra que se acaba de estrenar este viernes 8 en la Carpa de Teatro y Circo La Moringa, parte del cuento El cruce de Sebastián Borkoski, un joven y prolífico escritor nacido en Misiones y de relatos de Horacio Quiroga. Valeria Follini es quien los hilvanó y Gabriela Trevisani, la responsable de la dirección. Es el primer trabajo como directora de esta conocida actriz de Teatro del Bardo y se lució. El espectáculo tiene detalles e imágenes de su fina y precisa mirada, siempre atenta al aporte de los otros. Al leer la ficha técnica uno puede ver la valía de tantos ojos y disciplinas conjugadas en este trabajo, pero también en esas instancias de preestreno con otros espectadores y directores capaces de señalar, cuestionar o celebrar, que supo hacer y valorar Trevisani acaso para asegurarse el resultado que finalmente se vio: aplauso prolongado, risas contagiosas, celebración del buen teatro.

Fotografía de Felipe Toscano
Cuando uno entra a ver El cruce, entra con una foto y una semillita de regalo. Por la misma puerta también entran luego los actores que se acercan a los espectadores con una consigna sencilla, con un ánimo y una cantina al costado que invitan a distender. Y la obra relaja y de a poco uno empieza a reír del juego de los actores, a meterse en esas historias que recuerdan y vivencian, y a disfrutar de la repetición de una escena, cuasi cinematográfica, que potencia su sentido e impacta doblemente sobre el espectador, o bien de su contrario, el congelamiento de un momento que descoloca o ubica al que mira y ríe, para que piense en todos esos entrecruzamientos de sentidos que de manera compleja y amena a la vez, propone esta obra.

El espectáculo se completa con el trabajo en luthería y objetos a cargo de Jani Toscano y la asistencia coreográfica de Juancho Capurro que merecen una mención especial, uno porque sorprende y permite la magia de sacar música de un rifle, un tacho o una tabla de lavar, el otro porque colabora en impresionar y hacer hablar a todo el espacio.

Así, aquella semilla que ofrenda El cruce, seguro germinará pronto en más espectadores que irán en busca de las emociones e imágenes que aquí se comparten o tantas otras que cada uno pueda imaginar.

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