(Apenas un comentario a Mastroianni y el gas, de Gabriel Cosoy)
No es frecuente en el medio local que un dramaturgo tenga la fortuna de interesar con su texto a otro colega, a algún director o directora teatral que desee montar su obra y a la vez, crear su propia versión. Pues este viernes se vio en el auditorio de la Escuela de Música, Danza y Teatro (Uader) la recreación del texto de Gabriel Cosoy, que hicieron Jimena Lis González junto a los actores Azul (Achu) Balma y Manuel Leiva.
Se trata de una suerte de comedia dramática muy entrerriana. Por ello la actriz, al finalizar y saludar y agradecer al público, resalta y enfatiza la entrerrianía de cada uno de los integrantes del equipo de producción: todos nacidos en esta provincia.
La relectura del texto dramático, que es de una destreza y vuelo poético singular, nos hace topar con importantes preocupaciones del autor porteño radicado en Paraná que tal vez no están tan marcadas en la puesta actual como por caso: los campos inundados de soja, el movimiento turístico hacia Brasil o la cultura de lo importado. Es parte de su mirada crítica del mundo –claramente señalada por la presencia in crescendo de sonidos de maquinarias agrícolas, por caso-, y que aquí no aparece demasiado. En su lugar, la banda sonora, procura remitir al cine italiano y el sueño y proyección de ambos personajes.
Las imágenes y diálogos enseguida nos transportan a orillas del Gualeguay, más precisamente al camping Delio Panizza de Rosario del Tala, donde una joven pareja sueña con recuperar un viejo cine de la ciudad para convertirlo en un museo que rinda tributo al divo italiano Marcelo Mastroianni, y así gestionar cultura popular para todxs.
Las dificultades de la gestión en un poblado cualquiera, o los intentos, fracaso y cansancio de un hombre común al peticionar sin éxito a las autoridades, conducen a acciones extremas y escenas delirantes, que hicieron reír a los presentes.
A base de la insistencia en engullir unos sanguchitos de mortadela, que se da en los parlamentos del comienzo de la obra, los actores van conquistando al público. Luego la intriga, siempre rebuscada y lírica, ágil pero a la vez con momentos de gran profundidad u oscuridad, discurre en un clima de cierto costumbrismo que no es ajeno, paradojalmente, a la acidez burlesca o satírica. Por su extensión, ese humor no coagula en comedia, por eso decimos que estamos ante una comedia dramática actual. Son esas dudas amorosas de la Chiqui, amante de Marcelo Arango, más sus pequeñas o no, expectativas de un poco de amor, y la visión de un comerciante repartidor de gas del lugar por dejar una huella, y en todo caso repartir cultura -otra cosa que no sea el mundanal gas de todos los días-, lo que logra quedar en la memoria.
Los matices femenino y campesino o provinciano que Balma y Leiva, le imprimen a estos personajes, así como el juego de seguir la corriente o burlarse de las pretensiones del otro, sumado a su vitalidad, le dan un tono fresco a la puesta. La directora quiebra la escena estática de las reposeras en la arena, con distintas estrategias y eso se valora porque le da mayor ritmo al trabajo así como los juegos clownescos que suma a determinados momentos. Asimismo la propuesta acude a recursos y estilos asociados con el absurdismo –aunque tal vez no del todo potenciado-, y al cruce con el cine clásico italiano y las figuras de Mastroianni y Sophia Loren, con los cuales se entabla un diálogo escénico precioso.
En escenas dispares, y con mayor o menor seguridad, Achu
Balma y Manuel Leiva, convertidos en intérpretes, encuentran aquí modulaciones,
giros, acciones o muecas que nos llevan a la ficción, a la poesía y al teatro.
Un desafío enorme y por demás de riesgoso por lo evidente, según nuestro punto
de vista.


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