En tiempos difíciles, el deseo vuelve a mover la rueda
Mónica
Borgogno/Guillermo Meresman
Un ritual de ciudad que pervive, como un fantasma, como un
monje negro enclavado en la pampa santafecina, en la llana ciudad del Oeste, con
extensas e intensas jornadas a puro teatro. Un teatro que, diferente al colonial
de la Ranchería, o acaso en el mismo orden azaroso, se incendia en Rafaela cada
invierno. Así podríamos intentar definir a este, por muchos reconocido, Festival
de Teatro de Rafaela, que bien sabe congregar a buena parte de la escena
nacional. Sordo a esto, por tercer año consecutivo, el Instituto Nacional del
Teatro, ausente. Una lástima; ellos se lo pierden.Ta chapita abrió con mucha
musicalidad y algarabía esta edición.
Precisamente, “no hay lugar de la Argentina, del mundo
cultural y del mundo teatral, donde no se hable maravillosamente bien del
Festival de Teatro de Rafaela”, subrayó Paulo Ricci, secretario de Desarrollos
Culturales del Ministerio de Cultura de la Provincia de Santa Fe, al cerrar
esta edición. Y algo parecido dijeron cada uno de los artistas, al recibir la
ovación de los espectadores y el trato y gestiones de los organizadores y la
producción del FTR.
Esta ocasión, la edición número 21, se vivió en cuatro días
locos, como solía cantar Alberto Castillo. Fue del 15 al 18 de julio, con la
semifinal de la selección argentina de fútbol venciendo a los ingleses (y la
fiesta inédita y multitudinaria desfilando en celeste y blanco, minutos antes
de la primera función), y luego la derrota ante los españoles en la final del
domingo, tras el video de resumen proyectado en el cine teatro Belgrano y los
discursos finales del sábado.
Un entusiasmo difícil de explicar por querer estar allí,
hacen que este festival vibre, lata con fuerza, inoxidable podría decirse, sin
que nada lo empañe. Algo de esto han de haber entendido el Ministerio de
Cultura de la Provincia de Santa Fe y la Secretaría de Educación y Cultura del
municipio anfitrión: una oportunidad nueva para cada vecino rafaelino y los
cientos de artistas y visitantes que anotan en sus agendas las fechas de su
realización. “Es una mirada urgente y viva sobre lo que somos y lo que queremos
ser cuando estamos juntos”, definen sus organizadores. “Es un enorme orgullo
sostener esta política pública cultural que ya forma parte del patrimonio de
Rafaela”, resaltó por su parte el intendente Leonardo Viotti en referencia a lo
que ya es “ritual de la ciudad”, tal el lema de esta vez.
Más de 30 funciones de un total de 18 obras, fueron parte de
la diversa programación, además de talleres, la presentación del libro La respuesta y los micromonólogos de Teatroxlaidentidad –acompañada por
músicos rafaelinos y una charla posterior-, que miles de personas disfrutaron,
que tantos agradecieron.
Resistencia y despelote
La locura de intensidad comenzó con Ta chapita y concluyó, significativamente, con algo de venganza que
trajo Medida por medida (la culpa es tuya),
de W. Shakespeare, adaptada y traducida por Gabriel Chamé Buendía e
interpretada con desparpajo y solvencia por Matías Bassi, Elvira Gómez, Nicolás
Gentile, Agustín Soler y Marilyn Petito. Bajo la conducción de Chamé Buendía,
los versátiles actores se lucen en tránsitos por el clown, el drama isabelino,
la comedia amarga, con mucho juego con el público, destrezas y magia. Una joya
que a pesar de su duración -casi dos horas-, hizo que el público no cese en los
aplausos, no se retire de la sala y el elenco siga haciendo chanzas con ello:
“Ahora se viene la segunda parte”. Quienes están detrás de esta obra suelen decir
que es una “reflexión acerca de un presente infantil y vigente: culpabilizar al
otro, una forma de relacionarnos hoy en día”, y quedó más que claro.
Ta chapita, del grupo Urraka, con dirección de
Emmanuel Calderón, estrenada apenas el año pasado en Buenos Aires, es una
comedia física que deslumbra
con un despliegue de instrumentos estrambóticos, que suenan de maravillas. En el
espectáculo -que también pudo disfrutarse en la sede Suardi -, los actores-
músicos sorprenden con ritmos, colores y un fino trabajo dramatúrgico. “No
tenemos un método de trabajo”, se desmarcaron los artistas cuando en la ronda
de devoluciones se los inquirió sobre sus búsquedas y procedimientos eclécticos
y estéticos.
Distintas escenas de Luciérnagas.
Otros espectáculos destacados que tuvieron un paso singular por este FTR fueron Luciérnagas (sueño bastardo), de Horacio Nin Uría, con Mariano Botindari, Andrés Ciavaglia, Lautaro Delgado Tymruk, Vanesa Maja, Alejandro Segovia y Carolina Tejeda, que se ofreció en La Máscara en dos funciones llenas. La investigación, la audacia y el valor de su obra, hacen tener muy en cuenta el nombre de este joven creador. Se trata de una pieza situada en la Buenos Aires colonial, con sensible manipulación de dos títeres-niños –los Espósito, creados por las manos de la maestra Alejandra Farley-, del orfanato del Virreynato, entidad que dispuso de la primera imprenta en el Río de la Plata. Así pues la Revolución de Mayo, la quema del primer teatro porteño, los padrinazgos, la difusión de ideas a través de la prensa, la corrupción y amores y sexos solapados en una intriga desopilante, permiten a Nin Uría y su elenco, crear una atmósfera única de pelucas, rapé, caras enharinadas, música y poesía que nos aproximan al período fundante de la Patria, así como a este presente.
Memoria y encanto
Otra obra que trajo jerarquía, búsqueda y riesgo, en materia de
danza-teatro fue Coyote, háblame de lo
que viste, de Cristian Setien y Sofía Vitiello también proveniente de
Córdoba. Imágenes bellas más la sugerencia de materiales textiles, la potencia
de los cuerpos en danza, todo entra en diálogo con múltiples referencias al
séptimo arte. Sus dos funciones en el Viejo Mercado, aportaron profundidad
conceptual, a contrapelo de las banalidades y sinsentidos que suelen compartirse
en las redes.
| La actriz Anahí Gonzalez Gras, de Rosario del Tala, junto a Claudia Schujman |
Chayka fue una de las obras que versiona a clásicos, en este caso La gaviota de Antón Chéjov, que se disfrutó en el precioso teatro Lasserre. Junto a La casa de Bernarda Alba de Lorca, en versión de Marcelo Allasino, fueron una buena cuota de la presencia de la tradición teatral del siglo pasado en este festival.
Ruin, la decadencia de la belleza de Agustín Soler presentó un trabajo en clave de clown en el que tres buenas actrices cuentan a su modo, la historia de un circo que expira. Las cotidianidades y trucos que primero ostentan y luego comparten y desnudan, emergen acaso para mostrar lo bello de pensar en los pequeños detalles.
| Escenas de Ruin... (Buenos Aires) |
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| Blablamour... se vio en La Máscara. |
Entre las presencias a nivel nacional que nunca faltan,
estuvo Lo que se pierde se tiene para
siempre, que recrea parte del universo de la escritora Alejandra Kamiya,
con las actuaciones de Sofía Gala, Marita Ballesteros, Enrique Amido y Camila
Alfonsín.
Para todos
El gran Merlot… del grupo Kachivachis de Casilda,
brindó una hermosa obra en funciones al aire libre, conjugando escenas de magia
con personajes que juegan con la torpeza y se vuelven entrañables. Con las
interpretaciones de Alexander Agüero y Glenda Del Carlo y dirigida por Elezar
Fanjul e Irupé Vitali.
Un juego fui, con la actuación de los hermanos Juan
y Manuel Venturini, de Santa Fe, y una plástica de máscaras y títeres cuidados,
invita a jugar, reinventar todo e imaginar sin parar.
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| La dupla de Casilda, en El gran Merlot... |
Encendidos y locales
La casa de Bernarda Alba fue en sí mismo un acontecimiento de
celebración por hacerse en el histórico edificio de la Sociedad Italiana –hoy
rebautizada La fenice-, abandonado por cinco años y en actual plan de
restauración. 
Primeras escenas de
La casa de Bernarda Alba
Marcelo Allasino condujo a un nutrido elenco local, entre el derrumbe de la sala y de esa casa maldita o trágica de los campos españoles. Las escenas aquí se suceden sobre el mismo escenario, con un elenco que sube y baja escaleras, abre y cierra metafóricamente altas puertas y ventanas, se esconde, cuchichea, ríe, para resistir la opresión doméstica, con señas y guiños particulares que rompen con el texto original y le dan una impronta singular.
La danza rafaelina en la Sala La Obra, con Como gárgolas que miran no desentonó con
el resto de la programación como siempre audaz, provocadora, disruptiva del
orden cotidiano de la vida y sus percances.El elenco de Nosotras Ofelia,
dirigidos por G. Baldo
En tanto, lo producido en un lapso de no más de dos meses, en
el marco de la política de Laboratorios junto a referentes y asistencias
locales, pudo verse Nosotras Ofelia,
de Guillermo Baldo y Ricardo Ryser, Yo
soy Buris, desopilante y cándido trabajo dirigido por Agustín Soler y Hacemos santitos, de Santiago Loza,
cuyas lecturas de los dramaturgos, acompañadas de la proyección de un fuego virtual
encendido, concluyeron con puñados de
sal que arrojaron los asistentes sobre una pequeña hoguera de la galería del
Centro Recreativo Metropolitano, junto a sus deseos.
Parte del elenco de Medida por medida.
Contemporaneidad
El cierre del festival fue encargado a los inmensos actores
de Medida por medida (La culpa es tuya). Fue
una acertada elección para terminar la jornada con mucho humor, destrezas a
montones que dejaron a más de uno boquiabierto y tanta sorna que viene bien para
poner el ojo en los modos de vincularnos con los otros, en esta vida
contemporánea de pantallas, dobles discursos, mentiras, violencias.
Con este Shakespeare para todos, que sacudió literalmente al
público, y que ilusionó imaginando el 2027, se cerró con una suerte de broche
de oro, este bien iluminado festival.



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