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miércoles, 10 de junio de 2026

Violencia es mentir

Guillermo Meresman


(Apenas un comentario a Mastroianni y el gas, de Gabriel Cosoy) 

No es frecuente en el medio local que un dramaturgo tenga la fortuna de interesar con su texto a otro colega, a algún director o directora teatral que desee montar su obra y a la vez, crear su propia versión. Pues este viernes se vio en el auditorio de la Escuela de Música, Danza y Teatro (Uader) la recreación del texto de Gabriel Cosoy, que hicieron  Jimena Lis González junto a los actores Azul (Achu) Balmas y Manuel Leiva.

Se trata de una suerte de comedia dramática muy entrerriana. Por ello la actriz, al finalizar y saludar y agradecer al público, resalta y enfatiza la entrerrianía de cada uno de los integrantes del equipo de producción: todos nacidos en esta provincia.  

La relectura del texto dramático, que es de una destreza y vuelo poético singular, nos hace topar con importantes preocupaciones del autor porteño radicado en Paraná que tal vez no están tan marcadas en la puesta actual como por caso: los campos inundados de soja, el movimiento turístico hacia Brasil o la cultura de lo importado. Es parte de su mirada crítica del mundo –claramente señalada por la presencia in crescendo de sonidos de maquinarias agrícolas, por caso-, y que aquí no aparece demasiado. En su lugar, la banda sonora, procura remitir al cine italiano y el sueño y proyección de ambos personajes.

Las imágenes y diálogos enseguida nos transportan a orillas del Gualeguay, más precisamente al camping Delio Panizza de Rosario del Tala, donde una joven pareja sueña con recuperar un viejo cine de la ciudad para convertirlo en un museo que rinda tributo al divo italiano Marcelo Mastroianni, y así gestionar cultura popular para todxs. 

Las dificultades de la gestión en un poblado cualquiera, o los intentos, fracaso y cansancio de un hombre común al peticionar sin éxito a las autoridades, conducen a acciones extremas y escenas delirantes, que hicieron reír a los presentes.

A base de la insistencia en engullir unos sanguchitos de mortadela, que se da en los parlamentos del comienzo de la obra, los actores van conquistando al público. Luego la intriga, siempre rebuscada y lírica, ágil pero a la vez con momentos de gran profundidad u oscuridad, discurre en un clima de cierto costumbrismo que no es ajeno, paradojalmente, a la acidez burlesca o satírica. Por su extensión, ese humor no coagula en comedia, por eso decimos que estamos ante una comedia dramática actual. Son esas dudas amorosas de la Chiqui, amante de Marcelo Arango, más sus pequeñas o no, expectativas de un poco de amor, y la visión de un comerciante repartidor de gas del lugar por dejar una huella, y en todo caso repartir cultura -otra cosa que no sea el mundanal gas de todos los días-, lo que logra quedar en la memoria.

Los matices femenino y campesino o provinciano que Balmas y Leiva, le imprimen a estos personajes, así como el juego de seguir la corriente o burlarse de las pretensiones del otro, sumado a su vitalidad, le dan un tono fresco a la puesta. La directora quiebra la escena estática de las reposeras en la arena, con distintas estrategias y eso se valora porque le da mayor ritmo al trabajo así como los juegos clownescos que suma a determinados momentos. Asimismo la propuesta acude a recursos y estilos asociados con el absurdismo –aunque tal vez no del todo potenciado-, y al cruce con el cine clásico italiano y las figuras de Mastroianni y Sophia Loren, con los cuales se entabla un diálogo escénico precioso. 

En escenas dispares, y con mayor o menor seguridad, Achu Balmas y Manuel Leiva, convertidos en intérpretes, encuentran aquí modulaciones, giros, acciones o muecas que nos llevan a la ficción, a la poesía y al teatro. Un desafío enorme y por demás de riesgoso por lo evidente, según nuestro punto de vista. 

 Horas antes de la función, cabe resaltar, el país ricotero asistía a las múltiples despedidas al Indio Solari y en su ciudad natal, una tristeza, un desasosiego húmedo que no parecía del otoño, aplastaba las frases y los cuerpos; los juegos y ceremonias. Vencer eso y todo, y cantarle a la vida como lo hicieron en el auditorio Walter Heinze de la Escuela Constancio Carminio, es más de lo que se pudiera pedir a un viernes frío de junio. Escuela abierta, escuela de todxs.

 

 

viernes, 5 de junio de 2026

Primeras jornadas para pensar en Teatro e infancias

Lo emocionante de compartir y encontrarse

 Entre mayo y junio, militando teatro y cultura, arte y memoria, patrimonio y soberanía, el Profesorado de Teatro con sede en la Escuela de Música, Danza y Teatro Profesor Constancio Carminio, preparó un cóctel insustituible.

Desde la Facultad de Humanidades, Artes y Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de Entre Ríos y con apoyo del programa del Fondo Económico de Incentivo a la Cultura, las Artes y las Ciencias (Feicac) de la Municipalidad de Paraná, los organizadores encabezados por Pablo Vallejo y Daniela Osella lograron encauzar demandas de sus alumnos y el campo teatral local y gestionaron talleres, mesas redondas y conferencias de referentes y estudiantes, muy concurridas por cierto. 

Cabe agregar que quien tuviera ganas de decir y aportar su experiencia en esta primera edición dedicada a pensar el teatro y las infancias, podía hacerlo sumando su ponencia. De esa manera lo hicieron diversos hacedores teatrales.

Asimismo se desarrollaron dos talleres, uno de Cabezudos y Máscaras coordinado por Juan y Manuel Venturini (Grupo Hasta las manos e integrantes del elenco municipal de títeres de Santa Fe) y otro de Teatro e Infancias a cargo de Verónica Spahn y Leandro Bogado (Grupo Montoto y Magoya de Paraná).

Nadie de los teatristas podrá decir que no se enteró de estas Primeras Jornadas porque los gestores difundieron por distintos medios las actividades gratuitas y sus deseos de encuentros. Muchos aún rehúyen esfuerzos de los agentes artísticos de perfeccionarse o profesionalizarse en las provincias, sin necesidad de ir a Buenos Aires: son los menos. Quitan colaboraciones a  todo lo rico que tiene la ciudad; pisan los brotes de las nuevas generaciones de creadores en la literatura, los teatros o las plásticas, por caso. Los más, crean espacios, inventan ciclos, se asocian y saben a quiénes acudir, cooperan con sus presentes para que el futuro no sea tan miserable, triste y torpe.


Entre los numerosos intérpretes y artistas de diversos campos que se hicieron presentes, egresados del Profesorado y docentes ya jubilados, participando en diferentes instancias de esta edición dedicadas a las infancias, estuvieron Marcelo Amorosi, Luciana Obaid,  Nadia Grandón como integrante del Consejo de Teatro Independiente de Entre Ríos (ConTiER), integrantes de la sala Saltimbanquis, docentes y estudiantes avanzados del profesorado en teatro e interesados en constituir una nueva Comisión Directiva de la Biblioteca Teatral del Centro Cultural Juanele Ortiz, entre otros.

A propósito, este espacio que lleva más de un lustro cerrado y que ninguno de los funcionarios del Instituto Nacional del Teatro ni de las gestiones locales se preocupó en activar, en el que dos décadas atrás se compartieron clases y lecturas, se ha reducido significativamente aunque sigue conservando uno de los repositorios teatrales más proactivos de la región.

Parece que ahora es tiempo de hacerlo andar nuevamente, de terminar de acondicionarlo de la mano de nuevas cohortes, de docentes y de teatristas. De intentar recuperarlo de la mano de la Secretaría de Cultura de Paraná, del ConTIER y de los ciudadanos. En una de esas jornadas, una estudiante alegó lo que se repite, lo obvio: que es un derecho y que la cultura y las artes entrerrianas no pueden ser tirados por la borda. Y todos asintieron y aplaudieron algo así como una resurrección, una reparación simbólica.